En verano uno va por casa en canzoncillos, y a veces hasta corretea desnudo por el pasillo, con el colgajo moviéndose, a merced del azar y del impulso de los saltitos, de lado a lado. Es una tremenda felicidad, y uno se siente libre y liberado. En invierno es todo lo contrario. En mi caso, incluso llego a ponerme dos camisetas interiores, siempre por dentro de los calzoncillos, dos camisetas de manga larga, y un jersey (nunca de lana, porque no soporto el picor), incluso la bufanda, si uno teme el catarro. Eso sí, nunca el batín, al que detesto. Y si no es extremadamente necesario no pongo el calefactor o la estufa, porque siempre me molestó el calor "falso". Pero, aunque el verano ya está punto de dar el último mordisco al bocadillo de mortadela, todavía tendremos un mes de calor en el que poder disfrutar de nuestra desnudez maravillosa. Y si acostumbro a llevar los calzoncillos no es por pudor, ni por vergüenza, sino porque mi colgajo cuando se ve libre, cree que viene una fiesta, y se levanta como si fuese una grúa y no deja de guiñarme el ojo para que juegue con él.
Lástima que algunos no entiendan que esta liberación no sólo se puede dar en territorio doméstico, sino también en territorio público. Y se escandalicen. Pero, claro, España sigue teniendo una buena greña católica. No hay más.


