martes, 2 de septiembre de 2008

Nudismo en casa.


En verano uno va por casa en canzoncillos, y a veces hasta corretea desnudo por el pasillo, con el colgajo moviéndose, a merced del azar y del impulso de los saltitos, de lado a lado. Es una tremenda felicidad, y uno se siente libre y liberado. En invierno es todo lo contrario. En mi caso, incluso llego a ponerme dos camisetas interiores, siempre por dentro de los calzoncillos, dos camisetas de manga larga, y un jersey (nunca de lana, porque no soporto el picor), incluso la bufanda, si uno teme el catarro. Eso sí, nunca el batín, al que detesto. Y si no es extremadamente necesario no pongo el calefactor o la estufa, porque siempre me molestó el calor "falso". Pero, aunque el verano ya está punto de dar el último mordisco al bocadillo de mortadela, todavía tendremos un mes de calor en el que poder disfrutar de nuestra desnudez maravillosa. Y si acostumbro a llevar los calzoncillos no es por pudor, ni por vergüenza, sino porque mi colgajo cuando se ve libre, cree que viene una fiesta, y se levanta como si fuese una grúa y no deja de guiñarme el ojo para que juegue con él.
Lástima que algunos no entiendan que esta liberación no sólo se puede dar en territorio doméstico, sino también en territorio público. Y se escandalicen. Pero, claro, España sigue teniendo una buena greña católica. No hay más.

Colonia a granel: Juan María Farina, Mozart, Napoleón, Voltaire, mi abuelo, y la perra de mi abuela.


A la muerte de mi abuelo, en el armarito del baño, quedaron tres enormes botellas de dos litros de colonia a granel, que mi abuela acabó usando con su perra, a la que perfumaba nada más levantarse y antes de acostarse. La perra sobrevivió a mi abuelo unos siete u ocho años, y todavía sobró un culatón de colonia en una de aquellas viejas botellas, que acababan llenas de grasa y polvo, porque mi abuela las tenía al lado de la cocina, justo al lado de la manta sobre la que dormía la perra. No critico a mi abuela, ¿para qué tirar aquellas botellas?, aunque fuesen a granel, olían bastante bien. De hecho, hasta hace algunos años nunca había caído que tal vez mi abuela no sólo le echaba colonia a la perra para que oliese bien, sino para que oliese a su marido, para tener cerca a su marido.
Por eso, cuando leí que Mozart, Goethe, Napoleón, o Voltaire, usaban la misma colonia, me causó sorpresa. Juan María Farina fue quien creó el Agua de Colonia, que usaban estos muchachos hace ya muchos años, pero que hoy día todavía sigue produciéndose. Así que, si alguien quiere oler a Voltaire, o a Mozart, o Napoleón sólo tiene que echarse un chorretón en las manos de Agua de Colonia y darse unas palmaditas en el cuello, y a vivir.

A veces, cuando visito la casa de mis padres, me entran ganas de echarme un poco de aquella colonia que todavía queda en una botella grasienta, y que mi madre nunca tiró, para oler como mi abuelo, o como la perra de mi abuela. Sería extraordinario, porque mi abuelo lleva bajo tierra veinte años.

lunes, 1 de septiembre de 2008

¿existen las dos españas?

Sí. Son las dos nalgas de un culo que no deja de soltar mierda a chorretones.

Cada uno es como es.

En el estanco que hay debajo de mi casa hay dos muchachas atendiendo. Una es simpática, dice hola, te mira a los ojos, sonríe, te da las gracias, te dice adiós. La otra no saluda, pone cara de manzana amarga, no te mira a los ojos, y parece que le moleste que entres por la puerta. No sé si es cuestión de antipatía natural, de asqueamiento, o simplemente de vergüenza. Cada uno es como es.